Por David Santana
El reciente Simulacro Nacional por Terremoto dejó una enseñanza que no debemos pasar por alto: realizar un simulacro no es simplemente hacer sonar una alarma y sacar a las personas de oficinas, escuelas, hospitales o empresas. Su verdadero objetivo debe ser comprobar si sabemos qué hacer, por dónde evacuar y hacia dónde dirigirnos cuando ocurra una emergencia real.
Después de observar numerosos videos publicados por instituciones, empresas y ciudadanos, me surge una pregunta: ¿hicimos el simulacro para prepararnos realmente o simplemente para cumplir con hacerlo?
Desde mi apreciación personal, lo observado evidencia que todavía tenemos mucho que mejorar para enfrentar un terremoto de mayor magnitud.
En algunos videos pude observar personas saliendo masivamente por escaleras principales, aun cuando determinadas instalaciones disponen de otras vías o escaleras de emergencia. También se observan personas desplazándose muy cerca o por debajo de estructuras y edificaciones durante la evacuación.
Esto debe llamarnos a reflexionar.
El problema no es haber realizado el simulacro. Al contrario, estos ejercicios son necesarios. El desafío está en utilizar lo ocurrido para identificar las debilidades y corregirlas antes de que llegue una emergencia verdadera.
Cada institución, empresa, escuela, universidad y hospital debería tener claramente establecidas y señalizadas sus rutas de evacuación, salidas de emergencia y puntos de encuentro seguros. Además, cada empleado, estudiante, profesor o usuario habitual debería conocer previamente qué ruta debe utilizar.
No podemos esperar que ocurra un terremoto para decidir hacia dónde correr.
De un simulacro nacional a una preparación permanente
Considero que, después de esta experiencia, sería conveniente que cada institución realice simulacros internos periódicos, incluso cada tres meses, adaptados a las características particulares de sus instalaciones.
Una escuela no enfrenta exactamente los mismos desafíos que un hospital; tampoco una universidad funciona igual que una empresa privada o una institución pública. Por eso, además del gran ejercicio nacional, necesitamos preparación específica en cada establecimiento.
Estos simulacros internos permitirían comprobar si las rutas funcionan, cuánto tiempo toma una evacuación, si las salidas permanecen despejadas, si las personas conocen los puntos de encuentro y qué dificultades presentan adultos mayores, niños, personas con discapacidad, pacientes o ciudadanos con movilidad reducida.
También permitirían corregir errores antes de una emergencia real.
El Simulacro Nacional no debe terminar cuando las personas regresan a sus oficinas. Ahí debería comenzar la etapa más importante: evaluar qué hicimos bien, qué hicimos mal y qué debemos cambiar.
La finalidad no es cumplir con una actividad ni producir fotografías y videos de personas evacuando. La finalidad es salvar vidas.
La gran pregunta que debemos hacernos después de este ejercicio es sencilla:
Si el terremoto hubiese sido real, ¿habríamos sabido exactamente qué hacer y hacia dónde ir?
Si la respuesta todavía genera dudas, entonces el simulacro cumplió una función fundamental: mostrarnos dónde estamos fallando para comenzar a prepararnos de verdad.
Por David Santana
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